Logo Chamigos

Logo Chamigos

lunes, 25 de octubre de 2010

El Rugby y el Dulce de Leche - Por Nicanor González del Solar


Hace unos días leí que, un diario de Madrid, determinó que el helado de dulce de leche argentino es uno de los sabores más aceptados en el mundo y uno de los más ricos. Como buen gordo, comparto esa opinión porque, la verdad, es el único gusto que elijo, principalmente si está mezclado con chocolate.

Nosotros estamos orgullosos de nuestro célebre alimento y lo consideramos algo propio. Sin embargo, hay un escritor e investigador de los orígenes de las comidas que nos saca la creación del dulce de leche. Se trata de Víctor Ego Ducrot quien, en su libro “Los sabores de la patria” dice“… y el dulce de leche, orgullo de los argentinos, tampoco nació dentro de nuestras actuales fronteras, sino en Chile, donde se lo conocía con el nombre de "manjar blanco"…”

Verdadera o falsa la afirmación de Ducrot, yo me quedó con la versión del recordado Victor Sueiro quien, en su trabajo “Crónica Loca” da otro origen que nos satisface, donde el dulce de leche nació por una casualidad y tuvo a dos hombres de nuestra historia como protagonistas.Sueiro recuerda que “… el general Juan Galo de Lavalle y el brigadier general Juan Manuel de Rosas firmaron el 24 de junio de 1829 lo que se llamó “El tratado de Cañuelas”. Ambos eran enemigos políticos y militares pero parecían haber comprendido que era necesario detener tanta matanza entre hermanos…”Luego del acuerdo, el 17 de julio de ese año 1829, Lavalle llegó, sorpresivamente, a la estancia de Rosas en Cañuelas. Había cabalgado un largo trecho y estaba cansado. Mientras aguardaba a Rosas, vio un catre de campaña y se echó sobre él. Se quedó dormido y no advirtió que, cerca, estaban las cocineras que preparaban los alimentos. Una mulata revolvía en una olla leche caliente con azúcar, llamada “la lechada”. Aunque estaba concentrada en su tarea, escuchó un ronquido y su sorpresa fue grande cuando advirtió que, quien emitía ese vulgar sonido era el enemigo de su patrón, el diablo Lavalle. La muchacha desconocía la política y el acuerdo y, sin pensar en la olla que hervía, salió corriendo y avisó a la guardia del Brigadier. Sus gritos fueron escuchados por varios y, principalmente, por Rosas. Cuando vio a Lavalle muy dormido, sonrió y ordenó que lo dejaran descansar.La robusta mulata se dio cuenta, unas horas después, que la “lechada” seguía en la olla y no sabía qué había quedado de esa larga cocción. Se acercó y el olor era delicioso. Su olfato la empujó a probar esa cosa marrón y, para sorpresa de la dama, descubrió algo riquísimo. Después se tentaron Lavalle y Rosas y sucedió lo mismo: el alimento les encantó.De tal modo, según esta versión(aceptada, además, por Miriam Becker en un artículo publicado en el diario La Nación) el 17 de julio de 1829 nació el dulce de leche.

¿Les gustó la historia? Ahora, ¿Qué tiene que ver con el rugby? Ya les destaco el vínculo. Primero tengo que mencionar a un rugbier que, en los 60´, jugó en Old Georgian, el desaparecido equipo de los ex alumnos del Colegio San Jorge de Quilmes. Eric Kember, el “chaquito”, es hijo de un ex dirigente de la UAR, “Chaco” Kember. Un personaje simpatiquísimo que se hacía amigo de todos los que lo conocían y que, como dominaba el idioma inglés, abrió muchas puertas en las giras de los Pumas. Por ejemplo, en 1983, cuando fuimos a Australia, realizó como Manager una tarea excelente.“Chaquito” Kember, el hijo, tuvo varias actividades pero, un día, se le ocurrió algo genial. Se acercó a la heladería “Pepe”, muy conocida en Acassusso. El nieto del italiano fundador(durante 50 años produjo unos helados magníficos donde sobresalía el dulce de leche)continuó la tradición familiar, aun cuando se había recibido de arquitecto. Fue Pepe nieto, generoso y noble, quien le enseñó a Kember a fabricar helados. “Chaquito” trabajó unos meses y asimiló los secretos del helado italiano-argentino.

¿Por qué este “gringo” se transformó en un cultor del helado artesanal? Porque quería llevar el estilo argentino de este alimento a…. ¡Sudáfrica!. Había participado en giras y se dio cuenta que los “ice creams” de la tierra de los Springboks eran horribles. Imaginaba los riesgos comerciales pero siguió adelante. No sólo asimiló los secretos y la técnica de Pepe nieto sino que, además, decidió importar a Sudáfrica las máquinas argentinas para producir los helados. Quería que, en la patria de Mandela, sus helados fueran plenamente los de nuestro país .

Primero Kember se instaló en Durban, en la ciudad al lado del Océano Índico, donde hace calor casi todo el año. Su primer negocio fue un suceso y, a los pocos meses, abrió el segundo, después el tercero y… creó una cadena de helados iguales a los que preferimos en nuestra nación. ¿Cuál fue el sabor preferido por los sudafricanos? Sí: el de ¡dulce de leche!Atención: Chaquito no lo llamó “sweet of milk” o “Caramel”, como identifican este gusto en Inglaterra o Estados Unidos. No; impuso el nombre nuestro: ¡Dulce de leche!

Así, con esta curiosa asociación, el rugby se hermanó con nuestro helado preferido: el que cautivó a Rosas y a Lavalle como postre y que, gracias al talento artesanal de los italianos, es parte de nuestra idiosincrasia .¡Ah! Gracias a Chaquito Kember, desde hace varias décadas, también de los sudafricanos…

Homenaje al Veco VILLEGAS - Por Marcelo LOFFREDA


“El rugby no es un fin en sí mismo sino un medio:

Un medio para disfrutar.

Un medio para educar y educarse.

Un medio para relacionarse”.

Palabras que me quedaron grabadas y que se hicieron carne no sólo en mí, sino en todas las personas que tuvieron la oportunidad de compartir años, meses, días e inclusive sólo horas con el Veco.Eso decía el Veco respecto al rugby y así era también como lo vivía. Porque, entre un sinnúmero de virtudes que tenía, la de ser consecuente con lo que pensaba, decía y actuaba, era otra de ellas.

Si había algo sorprendente en el Veco, era que siempre, absolutamente siempre, cuando hablaba, estabas atento, te “enganchaba”. Tenía la capacidad o el don de la palabra, lo que le permitía poder transmitir sus pensamientos o conceptos con facilidad y claridad, de manera simple y comprensible, pero al mismo tiempo con seguridad y firmeza. Era un placer escucharlo.

Su vida fue, según mi visión, un ejemplo de humildad, de amor y de pasión. De humildad porque nunca fue atrapado por el exitismo, ni por la tentación de creerse más de lo que realmente era. Perfil bajo, palabras reflexivas y tono siempre medido. Esa fue siempre una constante en su vida. De amor a su familia, a Maricha y a sus hijos (Mercedes, Santiago, Joaquín y Francisco), a su primer club, Liceo Militar, donde se inició en este juego y conoció a Catamarca Ocampo, y a su club adoptivo, el SIC. De pasión por el rugby, un deporte que como jugador no se había llegado a destacar demasiado, pero que como entrenador, coach, educador e inclusive maestro, llegó a sorprender y llamar la atención del mundo entero, en épocas donde la Argentina era sólo una mancha en el mapa rugbístico internacional, cuando lo invitaron a dar una conferencia sobre el juego en Gales.

Estudioso, sistemático, detallista, analítico y disciplinado, eran algunas de las características que lo hacían sobresalir como entrenador, pero lo que lo hacía aún más notable eran sus valores humanos.

Honestidad, solidaridad y respeto fueron una constante en su, lamentablemente, corta vida.

Junto a Emilio (Gringo) Perasso formaron una dupla excepcional en términos de continuidad y éxito deportivo entrenando a la Primera División del SIC durante muchos años y al Seleccionado Argentino. Pero todavía, mucho más valioso en términos humanos, ambos utilizaron el respeto como premisa básica ante todo.

El SIC basa su filosofía y sus principios, en experiencia e historia, en enseñanzas y ejemplos. Si hay alguien que ha contribuído enormemente a construir esta concepción de lo que es para nosotros una forma de vivir, ese ha sido el Veco.

(*) Marcelo LOFFREDA - Dirigido por el Veco en el SIC desde 1977 hasta 1988.

domingo, 24 de octubre de 2010

Variacion de los puntos en el Rugby - Por Nicanor Gonzalez del Solar

El deporte de los tackles es uno de los que más modifica sus Leyes de Juego. Mientras el fútbol y el tenis se resisten a hacer cambios revolucionarios, el rugby se adapta a las nuevas características de sus protagonistas y, de tanto en tanto, se realizan variantes que buscan dos objetivos: l) seguridad para que los jugadores no sufran lesiones. 2) Agilizar el juego para que resulte más atrayente para los treinta individuos que están dentro de la cancha y para los espectadores.

El rugby, asimismo, no ha dudado en cambiar la puntuación de sus goles. Cuando se hicieron las primeras reglas, entre los años 1890 y 1891, se establecieron estos valores: 1 para el try, 2 para la conversión del try, 2 para el penal, 3 para el drop-gol y 3 para una alternativa que no existe en el reglamento actual: la conversión después de un mark.

Los tantos duraron muy poco porque, entre 1891 y 1892, se produjeron modificaciones: 2 para el try, 3 para la conversión del try, 3 para el penal, 4 para el drop- gol, 4 para la conversión después de un “mark”. Tampoco estos valores conformaron a los jugadores, dirigentes y referís de ese final del siglo XIX porque, entre 1893 y 1894 llegó otra variante a la puntuación: 3 para el try, 2 para la conversión de try, 3 para el penal, 4 para el drop-gol y 4 para el penal después de un “mark”.

En esta evolución del rugby aparecía un concepto, que es decisivo en este comienzo del Tercer Milenio: la valoración del try, como consecuencia de un movimiento colectivo de los jugadores por medio de pases. Con el correr de los años se le quitó un poco de importancia a la pericia de los pateadores que, en los primeros tiempos de este deporte, decidían las victorias o las derrotas. El try, que valía 1 punto en las primeras reglas, ya tenía una cotización de 3 cuando terminaba el siglo XIX. Pasaron más de cuarenta años para que se revalorizara al try: entre los años 1971 y 1972 se aumentó a 4 puntos. La última modificación se hizo entre 1992 y 1993 (se mencionan dos años porque las variantes comenzaban en la temporada europea, que se iniciaba en el mes de agosto. En cambio, el Hemisferio Sur adoptaba las nuevas normas desde marzo del año siguiente) cuando el try pasó a valer 5 puntos. Esa es la puntuación actual.

En la evolución histórica, el penal después de un “mark” se bajó, entre 1905 y 1906, de 4 a 3. Más adelante, entre 1992 y 1993 directamente se eliminó esta alternativa de marcar tantos en el rugby.

El drop-gol, que hasta los años 1905 y 1906 merecía 4 puntos, se lo redujo a 3 entre los años 1948 y 1949. Esa cotización se mantiene hasta ahora. Las otras dos posibilidades, la conversión de try y el penal no han sufrido modificaciones: 2 para la conversión y 3 para el penal.
Valen algunas aclaraciones: para los que no conocen al rugby con detalle, el “mark” es una alternativa defensiva: un jugador embolsa la pelota que le llega por el aire y canta “mark” (¡“marca”!). Cuando yo era chico había que poner el taco en el piso; después se permitió gritar el “¡mark!” cuando se ponía la pelota entre los brazos. Asimismo, antiguamente, el “Mark” se podía pedir en cualquier lugar de la cancha. Después se decidió que sólo se podía apelar a esa alternativa en la mitad de campo de cada equipo. Y, por último, sólo se autoriza pedir “mark” dentro de la línea de 22 metros. También, para proteger a los full-backs principalmente, se autorizó gritar “mark” si el jugador salta. Como no se lo puede tacklear mientras no tenga los pies en el suelo, la situación es menos peligrosa.

Había equipos que provocaban lesiones a los últimos hombres rivales porque pateaban la pelota muy alta y, cuando el receptor la embolsaba, lo “araban” ya que lo barrían y lo desparramaban por el piso. Un club irlandés, el “Garryowen”, creó un estilo basado en esa modalidad: pateaban la pelota y gritaban “up and under!” (¡”arriba y abajo!”), con la intención de derribar al receptor de ese “kick”. Fueron los médicos los que recomendaron que se protegiera al que recibía la “pelota alta”. Entonces se modificó el reglamento con inteligencia: nadie podía ser tackleado si embolsaba la pelota en el aire o si, dentro de su propia línea de 22 metros, cantaba “¡mark!”.

Ya mencionamos que, en los primeros tiempos del rugby, el “héroe” principal era el pateador. Recuérdese, además, que los chicos del Colegio de Rugby, desde 1823, jugaban de esta forma: se ubicaban treinta o cuarenta jóvenes de un lado y una cantidad similar del otro. Pateaban la pelota hacia el terreno del oponente y el receptor corría hacia delante. Los “rivales” lo tackleaban, mientras el portador procuraba llegar a la meta. En esos comienzos, por otra parte, se permitía algo cruel: el “hacking”. Esto provocó muchas fracturas porque significaba patear las “canillas” del hombre que llevaba la pelota en sus manos. Por suerte, cuando se establecieron las primeras Leyes de Juego, en la Universidad de Cambridge, se prohibió el “hacking”, como también lo había hecho antes el incipiente fútbol.

La valoración del try respondió, durante toda la evolución del rugby, a la necesidad de premiar la acción colectiva ya que, en general, un try se produce como consecuencia de la participación de varios jugadores. Por supuesto hay acciones individuales y jugadores brillantes que corren toda la cancha y apoyan un try. Pero lo usual es que la principal conquista de este deporte se obtiene por la participación de distintos protagonistas. Esta característica explica el aumento histórico de la cotización del try: 1, 2, 3, 4 y 5. Si después el pateador transforma el try y consigue un “gol” (en el rugby se llama “gol” al try convertido) que vale 7 puntos.( En la Argentina no se estila llamar “gol” al try convertido y sólo se utiliza esa expresión cuando se convierte un penal, aun cuando los ingleses –los que toman las decisiones reglamentarias- definen bien qué es un gol).

Como dijimos al comienzo de la nota, el rugby es una disciplina dinámica que no sólo modificó sus Leyes sino que varió la puntuación de acuerdo con el “espíritu” colectivo del juego. Si bien sus normas actuales no son definitivas, creemos que se ha logrado favorecer los dos objetivos principales de este deporte: l) proteger a los protagonistas 2) alentar la diversión de los jugadores y de los espectadores

La Siembra


En la historia, ha quedado un nombre: William Webb Ellis, como el inventor del Rugby. Ocurrió una tarde de 1823 en la Escuela Pública de Rugby, cuando en medio del fragor de un partido de fútbol, Webb Ellis levantó el balón con las manos, lo que era prohibido y corrió a la meta.

Nunca imaginó este joven de origen Irlandés hasta donde llegaría su innovación. Es que, al decir de Napoleón: “Uno no hace más que comenzar las cosas, luego las cosas nos arrastran.’

De la misma manera, la semilla que en un joven se siembra en un deporte de estas características, debería necesariamente fructificar de manera adecuada. Webb Ellis, quién se ordenó sacerdote, seguramente habría hecho suya la siguiente oración del padre Esteban Uriburu: “Gracias porque puedo entrar en la cancha a jugar este partido. Por los compañeros con quienes jugaré y por aquellos a quienes enfrentaremos. Ayúdame a que el fragor de la lucha no empañe la transparencia de mi testimonio. A saber ganar y a saber perder. A mantener siempre en alto el espíritu del Rugby. Un día no podré entrar más en las canchas. Enséñame entonces a jugar en el campeonato de la vida, de tal manera que pueda alcanzar con todos mis amigos aquella corona que has prometido a los que te sean fieles. Amén’.

El Rugby posee esa esencia viril, como un llamado ancestral guardado en nuestro código genético: el desarrollo de un partido tiene algo de batalla, de estrategia, de valor y locura, de hermandad y pasión.
El hombre, tiene en determinados momentos de su vida que probarse frente a sus miedos, enfrentarse a ellos para vencerlos.

Todos tenemos ese guerrero interior que debe salir a la luz; debemos saborear alguna vez el placer de la victoria, sabiendo siempre que toda gloria es pasajera, como también el sabor agrio de la derrota, teniendo presente de que en el rugby, como en la vida, siempre se tendrá otras oportunidades: si no es el sábado que viene, será el campeonato entrante…

Aquellos que sólo ven en el Rugby la rudeza del deporte, no deben olvidar que la vida misma es dura y se debe estar preparado para sus embates. No importa cuantos golpes te den, debes preparar el cuerpo, la mente y el espíritu para superarlos y seguir adelante.

En la esencia misma de nuestro deporte está su limpieza, por tanto, quedan fuera cualquier tipo de infracciones y deslealtades, ajenas al verdadero espíritu del Rugby. No se gana a cualquier costo, sino a costa de un sacrificio individual y colectivo, respetándose a rajatabla las reglas del juego y al referí que dentro de la cancha las impone. Es el nuestro, un juego de caballeros.

En cuanto al rigor mismo del Rugby, debemos tener una sincera alegría en su bravura y un deseo de dar lo mejor de nosotros mismos. Y, por sobre todo, no tener temor a la derrota, mientras pongamos nuestro máximo esfuerzo por ganar ya que ese es el objetivo del juego. Si nos llega la derrota, es una lección antes que una pérdida, mientras que si ganamos nos sentimos satisfechos de saber que nuestro sacrificio resultó ser suficiente. Inmediatamente debemos prepararnos para el siguiente combate, dejando de lado cualquier vanagloria superflua y exabruptos.

Es en el tercer tiempo, donde el festejo con los amigos-adversarios patentiza el estrecho vínculo humano que el Rugby genera en los que lo practican. uno no juega al rugby contra el otro sino con el otro.
Por ello nuestro deporte así entendido, se convierte en una escuela de vida, de la que podemos abrevar grandes enseñanzas, si estamos prestos dispuestos a nutrirnos de las mismas.

El juego Mental - Por Sebastian Perasso

La mayoría de los entrenadores y jugadores coinciden en que por lo menos el 50% del proceso de jugar bien responde a una cuestión mental.
No obstante, rara vez un entrenador de rugby dedica más del 5% del tiempo a mejorar el aspecto psíquico.

Absolutamente todos saben de su importancia pero nadie o casi nadie lo practica. Ello se debe en gran medida a que ignoran como practicarlo. Otros, en cambio, transitan un camino más peligro. Creen saber trasmitir fortaleza mental pero deambulan por conceptos equivocados. Son aquellos entrenadores que entienden que trabajar sobre el aspecto mental es hacer hincapié en las arengas y los gritos hacia sus dirigidos cuando, lejos de ayudar, en muchos casos resultan contraproducentes.

Bajo ese contexto las frases “debemos ganar sí o sí”, “hoy no podemos perder” o “somos muy malos, no podemos jugar así” producirán un deterioro en la habilidad mentales con la consecuente pérdida de confianza y motivación en el jugador.

En divisiones infantiles y juveniles el hecho puede resultar aún más grave, puesto que los jugadores necesitarán en esa etapa por sobre todo palabras de aliento y de apoyo, como también muestras de confianza pero no insultos o reprobación.

El aspecto mental, como ningún otro, ejerce marcada influencia sobre los otros aspectos del juego porque el costado psíquico repercute de manera acabada sobre lo físico, técnico y táctico.

En virtud de lo descripto, quien logre solucionar o de alguna manera mejorar la faceta mental corregirá en consecuencia los otros aspectos de su juego.

El entrenador debe ejercer una correcta capacidad de observación y análisis del juego, como punto de partida para resolver los problemas que presentar su equipo.

Puede resultar que un jugador o equipo se caiga físicamente en forma sistemática en los últimos veinte minutos (aspecto físico); que se le caiga muy a menudo la pelota (aspecto técnico); o que tome malas decisiones en ataque (aspecto táctico). Sin embargo, es factible que esa maraña de problemas e inconvenientes presente un mismo hilo conductor: el aspecto mental.

El jugador sin fortaleza mental y sin motivación baja notablemente su intensidad física en los últimos minutos; el jugador sin confianza y con las habilidades mentales disminuidas es habitual que tenga problemas de handling y, por último, el jugador que se siente presionado y con un alto grado de estrés mental es lógico que no tome las mejores decisiones a su alcance.

En consecuencia, un problema que parece complejo y multifacético es posible que tenga origen en un denominador común: lo mental.
A mi criterio, hay un ejemplo que desnuda esa influencia psicológica antes señalada.

Es el caso de una persona que se creía repleta de dolores y enfermedades. Se tocaba la rodilla y le dolía, luego se tocaba la cabeza y sentía un fuerte dolor y finalmente tocándose cualquier parte de su cuerpo ese mismo malestar persistía. Creía tener un sin número de dolores que lo aquejaban y se sentía muy enfermo. Sin embargo, a pesar de su presunción, lo único que tenía lastimado era su dedo.

Si logramos curar el dedo, lo demás por si solo se solucionará. En la esfera del rugby sucede algo similar. Si logramos arreglar el aspecto mental del equipo, es muy posible que el resto quede en consecuencia solucionado.

Está claro que el aspecto mental incide de manera directa sobre la performance y el rendimiento deportivo. Por ello, la respuesta que tenga un jugador de rugby ante situaciones de presión, decidirá en gran medida su desempeño deportivo.

El entrenamiento mental en el deporte consiste en la práctica habitual de determinadas habilidades psicológicas como estrategia para afrontar situaciones deportivas.

La psicología del deporte ayuda a controlar la presión y sus efectos (estrés y ansiedad), además de colaborar a potenciar la motivación, la autoconfianza y la concentración. De esa manera podrá alcanzar un rendimiento óptimo.

Contar con la energía adecuada es un factor decisivo para alcanzar los mayores niveles de rendimiento. El jugador puede estar falto de energía o por el contrario puede estar energizado; es decir rodeado de energía en su accionar. A su vez esa energía puede ser positiva o negativa.

Aquel jugador que persiga un rendimiento óptimo deberá rodearse de energía positiva, esto es de emociones o sensaciones positivas relacionadas con la diversión y el gozo. La energía positiva provoca un estado de calma mental, de relajación muscular y buena concentración.

Por el contrario, la energía negativa está representada por el temor, la tensión, la ansiedad o el enojo y solo produce tensión muscular y en consecuencia contribuye a una merma en el nivel de rendimiento.

El rugby es un juego mental porque el aspecto psicológico es no solo importante sino también determinante y decisivo en el rendimiento colectivo.

Si bien el rugby requiere de jugadores compenetrados los ochenta minutos de juego, hay algunos momentos de un partido que son “clave” y que ponen a prueba el poder de concentración del equipo.

El rugby es un deporte con muchas interrupciones, es un juego muy dinámico cuando la pelota está en juego, pero cuenta con muchos “descansos” o detenciones que contribuyen a la perdida de la concentración.

En este deporte, la pelota está en juego alrededor del 40% del tiempo reglamentario, es decir que más de la mitad del partido los jugadores pueden ser influidos por factores externos.

Vale la pena...


El mejor entrenamiento es el que acaba cuando el jugador quiere seguir entrenando.
El ataque gana partidos, la defensa campeonatos.
Lo único que no está hecho para jugar al rugby son las orejas.
El cuerpo está al servicio del club.
Jugamos a ser generosos con los demás: que me tackleen a mí, y vos marcas el try.
No son contrarios, son adversarios: juegan al rugby y por tanto tienen en común contigo mucho más que cualquier otra persona que no juegue al rugby.
El que reacciona, llega tarde, hay que anticiparse.
Hay jugadores que hacen que pasen las cosas, otros que son capaces de seguir al que lleva la iniciativa, y otros que no se enteran de lo que pasa.
Atacar por el eje profundo es penetrar, y penetrar no es chocar sino atacar el espacio.
¿Cómo ingresamos a un bosque, chocando árbol por árbol o penetrando por el espacio que hay entre ellos? (Pierre Villepreux).
Aún ganando se puede ser un perfecto perdedor, y perdiendo se puede sacar de esa experiencia, una enseñanza que en el futuro puede convertir esa derrota en triunfo.
Dentro de una cancha de Rugby no existen los amigos. Enfrente contrincantes, a tu lado HERMANOS.
El rugby es un deporte que ofrece infinidad de variantes de la mayor complejidad.
Pero los grandes equipos no son el producto de grandes sistemas, sino de grandes jugadores. Son ellos, con su talento y su técnica, los que ganan los partidos.
El Rugby es un juego duro, pero la naturaleza más importante es la habilidad de ser duro uno mismo, de exigirse más de lo que lo hace el contrario.
El rugby es una empresa colectiva y solidaria. Sus signos característicos son el tackle, que es la ofrenda que brinda cada jugador a su equipo, y el pase, que es la expresión de solidaridad de un deporte que se juega con los compañeros antes que con el contrario. El tacklear es una destreza personal. Es una cuestión de orgullo y temperamento, y sólo hay un individuo capaz de lograr que un jugador lo haga en forma eficiente y éste es el propio jugador.
En el rugby hace falta el talento y éste también se desarrolla, por ese motivo quien se entrene sin oposición se engañará a sí mismo, ya que siempre realizará la opción más correcta (Pierre Villepreux)
Es más temible un equipo de ciervos dirigidos por un león, que un equipo de leones liderados por un ciervo.
Existe una respuesta para todo en el rugby y todo se puede enseñar, menos la velocidad (Fred Allen).
La disciplina de un equipo es el reflejo de las actitudes que un entrenador ha desarrollado y transmitido a sus jugadores.
La distancia entre el querer y el poder se acorta con el entrenamiento.
La máxima premisa para un tres cuartos será que en el momento en que pasa la pelota, su trabajo recién comienza. Ningún entrenador, por mayor conocimiento que tenga de todos los puestos, podrá responder todas las preguntas o solucionar todos los problemas que el juego le presenta.
Un entrenador ganará estatura ante los ojos de sus dirigidos, simplemente admitiendo que no sabe algo, y que recurrirá a quien tenga una gran experiencia por haber jugado durante mucho tiempo en esa posición.
Ningún jugador a lo largo de un partido tiene más de un minuto la pelota en sus manos.
En los restantes 79 minutos su función es estar en constante apoyo.
No me gusta el rugby por violento, sino por inteligente (Françoise Sagan).
No todo jugador puede llegar a ser un internacional, ya que un entrenador no puede meter lo que Dios dejó afuera. Si el rugby es sólo un deporte, el corazón es sólo un órgano.
Un campo de rugby no es un trozo de césped, es un trozo de vida.

El Rugby - Por Lucas Baeck


Tengo 48 años y el rugby ha estado presente desde que tenía 10 años, es decir prácticamente las ¾ partes de mi vida.

Al principio lo practiqué como jugador, luego como entrenador y seguí como alentador al costado de la cancha y ahora nuevamente lo hago como “jugador” y padre de jugadores y hasta un referee, que viene un poco a lavar la imagen de criticadores que tenemos en nuestra familia. También este año me puse a referear, permitiendo que otros se acuerden sanamente de mis familiares. Y por eso no me voy a enojar porque sé que lo hacen cariñosamente.

Cuando les cuento a muchos que sigo jugando, primero se sorprenden, me miran como mirarían a un loco y me preguntan por qué lo hago. Siempre doy la misma respuesta y es porque me gusta, pero ¿saben qué? Se lo voy a tener que preguntar a mi Analista –si es que algún día voy a visitar a alguno, gracias a Dios este deporte me mantiene lejos de ellos–, o a mi almohada esta noche.

Tengo mil y una razones para responder a esta pregunta y por ahí ninguna me puede llegar a convencer, en definitiva no se porque sigo jugando. No me gusta golpearme o que me golpeen; no me gusta que me tackleen; tengo pánico cuando viene alguien a chocarme y lo tengo que tacklear; cuando corro con la pelota y siento los pasos de un contrario atrás mío, tengo terror de que me agarre y me revolee o bien que me tacklée y caiga mal; cuando voy a chocar tengo miedo de poner mal el hombro y sacármelo o que me bajen y chocar feo contra el piso; corro dos metros y ya no doy más y por más que ago esfuerzo, el aire ya no entra como antes; terminan los partidos y me duele desde la uña del dedo gordo del pie hasta el ultimo pelo que habitan todavía en mi colosal cabeza.

Entonces, creo que se preguntarán por qué sigo jugando. Es más, leyendo lo que escribí, yo también me lo pregunto y, en realidad me gustaría saberlo.

Lo único cierto de todo esto es que cada vez que llega el día del partido, la adrenalina comienza a fluir desde el preciso momento de armar el bolso. Siempre me falta algo del equipo, que un hijo mío secuestró “involuntariamente”, por lo que tengo que buscar en forma urgente algún sustituto, por supuesto en no muy buen estado, pero no queda otra que tomar mucho agua y comer mucho ajo......

Para ir tomándole el gusto a la ocasión, tratamos de viajar en grupo y encontrarnos un rato antes en el club donde se disputará el partido y comenzar a vivir el encuentro, contando y rememorando historias y jugadas de otros cotejos y cosas que nos pasan, lo que nos va poniendo en clima y nos va preparando para cuando llegue el instante anhelado.
De repente llega el momento mágico, el que todos estamos esperando ansiosamente, que se dispara con solo 3 palabras “Todos a cambiarse” y allí enfilamos todos, bolsos en mano, hacia el vestuario para iniciar el ritual donde uno no sólo se cambia, sino que se prepara mental y físicamente para la hora de la verdad. Aparecen además los olores típicos que identifican a estos lugares, olores provenientes no sólo de pomadas y ungüentos que nos colocamos en las diferentes partes del cuerpo, sino que además salen a relucir todo tipo de elixires y pócimas que harían avergonzar a la culandera más pintada.

En ese momento en que se puede decir que realmente comienza el partido. Uno va viendo cómo sus compañeros se van transformando, cómo se van metiendo en la contienda próxima a iniciarse, cómo va apareciendo esa llama, ese fuego en sus ojos y en su espíritu que va transformando a cada uno en una unidad, en un bloque, en un cuerpo.

Eso es justamente lo que a uno empuja a entrar a una cancha, a dar todo por el compañero, a dar todo por el amigo. Eso es lo que hace que, a pesar del miedo que uno tenga por tacklear al contrario, por lo menos haga el intento de frenarlo, aunque no consiga voltearlo. Es lo que permite que uno trate de llegar a cubrir los lugares donde vea que haga falta gente, a ir a chocar con un alma y vida aunque nos cueste, a correr hasta no dar más, a revolcarse por ir a buscar una pelota perdida, aunque el piso sea lija. Todos sabemos que si fallamos, no nos fallamos solamente a nosotros, sino le fallamos al resto y eso justamente nos da fuerza para ir hacia delante, para sacar la cara por el otro.

También es cierto que sigo jugando por otra razón, que es por ahí la esencia de esta etapa del juego y que gracias a Dios, por más que algún día no esté en condiciones de entrar a una cancha, sí voy a estar preparado para disfrutarla y es el Tercer Tiempo. A todo esto, me informan que el mismo va a comenzar y que tengo una cerveza bien fría a mi disposición, por lo que, queridos amigos, los invito a seguir charlando allí, con la convicción de que en donde haya una ovalada de por medio, habrá amistad, habrá vida, habrá chupi que por seguir dándole a la cháchara se está calentando.